Domingo de Ramos. Padre Fernado: “Nos concierne a nosotros, en la historia que nos corresponde vivir, asumir la actitud del Señor”

Este es un Domingo de Ramos atípico. No hemos tenido la algarabía de gritar “Hosanna en el cielo, bendito el que viene en el nombre del Señor”, no hemos podido disfrutar de cómo van vestidos los apóstoles ni los padres de familia han podido tomar fotos a sus hijos a la par del burrito que trae al Señor del Triunfo.

A cambio el sacerdote se encuentra solo en el templo, con las bancas vacías esperando que su comunidad estén en casa unidos en familia, como Iglesia domestica y puedan meditar los acontecimientos del Misterio, sobre los cuales vamos a reflexionar en estos días santos.

Yo quisiera para este Domingo de Ramos, un poquito inspirado de Rainiero Cantalemessa, detenerme en dos de los aspectos que marcan la Pasión según San Mateo: el primero, el momento de soledad y el segundo, el abandono vivido en el Calvario.

Jesús en Getsemaní, experimenta una profunda soledad y angustia, “mi alma está triste hasta el punto de morir”. Este no parece ser el Jesús que multiplicó el pan, abrió los ojos del ciego, resucitó a Lázaro y le obedecieron los mares. Es un Jesús solo abandonado presa de la tristeza y angustia. La causa de su sufrimiento no es otro que tener que pasar el momento de beber el Cáliz que ha sido destinado para él, ese trago amargo que lo toma solo por obediencia al Padre, “que no se haga mi voluntad sino la tuya Padre”.  Dice el filósofo Pascal, que Jesús está en agonía hasta el final del mundo. Está en la agonía de los que sufren; hoy por ejemplo, está en la agonía de todo el mundo azotado por la  pandemia, que ha dejado tantos muertos, tantos enfermos, tantas personas sin trabajo y a tantas familias angustiadas con tristeza y con miedo esperando que pase pronto este cáliz que un virus nos ha provocado.

También nos adelantamos y nos vamos al final de la pasión, al Calvario. Ahí también nos encontramos con el abandono total de Jesús. ahí en ese lugar clamó Jesús con fuerte voz “¿Dios mío Dios mío, porque me haz  abandonado? Este grito de  Jesús parece experimentar, la impotencia total del ser humano esa angustia del que no tiene más que abandonarse a su suerte. También aquí vale lo mismo sobre lo que Pascal comentaba, Jesús está presente en la Cruz hasta el final del mundo.  Lo está en todos los inocentes que sufren y sienten el abandono de Dios en la enfermedad, la injusticia y la pobreza. Una vez más debemos retratar en este momento de la Cruz de Cristo, a todos los que hoy padecen el dolor del abandono. El coronavirus nos ha traído muerte, enfermedad, pobreza por gente desempleada; nos ha llenado de miedos y desesperación.

Pero la Pasión del Señor no es para dejarnos inmersos en la desgracia, todos sabemos que Jesús soportó el trago amargo del Getsemaní y venció la muerte en la Cruz del Calvario. Nos concierne a nosotros, en la historia que nos corresponde vivir, asumir la actitud del Señor, y darle valor al sufrimiento manteniendo fuerte nuestra fe, fortaleciendo la familia, siendo solidarios unos con otros y convertirnos en un mundo más solidario. Quizá la paradoja de todo esto, es que hemos sentido que nos han quitado la posibilidad de salir, de reunirnos en la playa o las casas de campo, pero

Dios Nuestro Señor tiene otros planes; que nos quedemos en casa que recemos un poco más, que cuidemos de nuestra familia y amemos al prójimo velando de no contaminarlo de la enfermedad que provoca el virus. A lo mejor, también esta soledad y abandono de las cosas cotidianas de la vida nos ayuden a cuidar a nuestra familia, al prójimo y a nosotros mismos de no contaminarnos y enfermarnos del virus del pecado que tantos sufrimientos nos han causado y con los que ha tenido que cargar Jesús hasta la Cruz.